viernes, 10 de febrero de 2012

TESOROS

Siempre me han dado miedo aquellos que sin apenas pudor, hacen excesiva ostentación de su vida privada en “el internet”. Me he alejado todo lo que he podido de ese punto. Sin embargo, estos días tengo la moral baja y la verdad es que he tomado alguna confianza con el que, por otra parte, no sé ni si quiera quién es. Que puede ser cualquiera, pero que por el mero hecho de acercarse aquí y leer, ya voy a otorgarle uno de mis recuerdos mejor guardados. Os escribo un tesoro. Y es que hoy hace nueve años que falleció mi madre. Tengo que reconocer ahora que no estábamos preparados para ello. No solo no entraba en los acontecimientos posibles que pudiesen ocurrir en la vida, sino que nuestra mente era incapaz de asumirlo. Y eso que tuvimos casi seis meses para hacernos a la idea. Pero nos cogió con el paso cambiado. Tenía la sensación de que todo aquello era una pesadilla. O que las sesiones de quimio darían su fruto y seríamos ese tanto por ciento que acaba curándose.

No era lo que se dice joven, pero tampoco cincuenta y ocho años es una edad para morir. Después de todo este tiempo, me acuerdo con más serenidad de algunas historias y hasta me atrevo a recordarlas.

La última conversación que tuve con mi madre estando consciente fue por teléfono. Yo estaba en la aun no inaugurada estación de Metro de Hospital de Loranca. Era mediodía y viernes. Me vienen a la mente las diminutas marcas de las losas del suelo y la suciedad de los cristales de una escalera mecánica que yo miraba mientras hablaba con ella. La llamé para decirle que en un rato salía para Jerez, y ella me respondió que no hacía falta. Que el tiempo seguía malo y que era mejor que me quedase, que le daba miedo la carretera. Pero después de algunos meses yendo todos los fines de semana mi mujer y yo, el último no habíamos ido. Había nieve por todas partes y decidimos quedarnos y descansar. Así que este había que ir. Como sea. Además, la conversación no era fluida. Estaba empeorando. Mi madre se quedaba callada en mitad de una frase. Luego continuaba. De pronto otra vez cambiaba de tema. Supongo que se debía a la morfina.

Cuando llegué del viaje apenas me conocía. Siempre que regresaba me sonreía y me ponía buena cara por muy mal que estuviese, pero esa vez casi ni se movió. Estaba recostada sobre el sofá del salón y abrió los ojos solo un poco, pero ningún gesto. Nada. Yo todavía pensaba que algo diferente podía pasar para salir de esta, aunque no sabía qué ni cómo.

Después  de una interminable noche llamamos a urgencias. Vinieron a casa y nos confirmaron lo que ya cada uno sabíamos. La acompañé en la ambulancia hasta el hospital y de allí casi ni me separé. Había entrado en un estado de semi-inconsciencia. De fase terminal. Apenas podíamos comunicarnos con ella.

Era una sensación extraña. Cuando estaba en la cama al lado de mi madre, no me quería ir. Quería quedarme hasta el final y pensaba que si me iba, me perdería ese momento. Pero luego, cuando iba a asearme o a comer algo, me daba miedo volver. Esperaba que me dijesen que ya todo había acabado mientras yo estaba fuera. No quería estar en el final. Ya sé que son dos emociones totalmente contrarias, pero yo sentía las dos.

Al final, el lunes me fui a casa a comer algo y a dormir un poco. Me había quedado el sábado y el domingo por la noche, y estaba bastante agotado. Me puse el despertador a las 20:00, y después tenía reservada hora para pelarme debajo de casa. Llevaba el pelo bastante más largo para lo que entonces era mi gusto. Después iría al hospital a pasar la siguiente noche. Pero algo me hizo despertarme antes y también antes pasar por la peluquería. Efectivamente no había venido el que le tocaba entonces, y me colaba. Enseguida me fui al hospital y de camino, me llamó otra vez mi tía: ahora sí que vente, no tardes mucho. Estoy llegando, tía, estoy abajo.

Entré en la habitación y estaban mi padre, mis dos hermanos, mi cuñada y mi tía (su hermana). Entonces mi madre movió la lengua, como para humedecerse los labios y se recostó muy lento hacía su lado izquierdo. Estaba muy sedada. Un enfermero de rizos negros entraba por la puerta con un fonendo. Le auscultó y meneó la cabeza. No me había quitado ni el abrigo. Acababa de ocurrir. Si no me hubiese despertado de repente, es probable que aun estuviese durmiendo, como mucho de camino. No supe qué hacer. Mi padre suspiró y nos invitó a la calma. No nos pusimos nerviosos y le dimos todos los besos que pudimos. Los de esa noche y los de otras muchas noches más.

10 comentarios:

Ángela dijo...

Paco, hoy ha nacido mi primera nieta.

Jesús Miramón dijo...

Me has emocionado muchísimo, Paco.

Y Ángela también.

La vida. Nada más y nada menos que eso.

Un abrazo fuerte para los dos.

Paco Principiante dijo...

Qué estupenda noticia, Ángela!!
Eso sí que es un tesoro.

A-BU-E-LA. No digas que no te sienta bien...

Enhorabuna y besos. Muchos besos.

Paco Principiante dijo...

Cierto Jesús. La vida es así. Me recuerda lo que decía Serrat de la "Verdad": "No es que sea triste, es que no tiene remedio".

Por cierto, no sabes lo que hecho de menos esas líneas tuyas diarias... me tendré que acostumbrar a tenerlas más espaciadas.

Un abrazo, Jesús.

Silvia dijo...

Muchas gracias, Paco, por ese trozo puro de vida.

(No tengas miedo. Esas emociones no van a gastarse ni a desvirtuarse sólo porque las saques a esta superficie rara que es internet. Las emociones saben propagarse y anidar en corazones ajenos, y eso tú lo has demostrado)

Paco Principiante dijo...

Gracias a ti Silvia.

(ya ves, porque no soy psicólogo, sino ya estaba investigando una nueva rama llamada blogoterapia...)

José Luis Ríos Gabás dijo...

Felicidades, Ángela, ya que pasamos por aquí, y, Paco, creo que lo has escrito y explicado muy bien, de manera sincera y emocionada. Es, seguramente, una de las cosas personales más tristes que nos pasan.

Un abrazo a todos

Paco Principiante dijo...

Es cierto José Luis, al final, más tarde o más temprano, esto acaba ocurriendo. Es, por cierto, una de las frases que mi madre frecuentemente utilizaba, "ley de vida".
Y ¡ay! del que le ocurra en orden contrario.

Un abrazo.

Cris dijo...

Querido Paco:
Gracias por tu Tesoro. Nunca se supera, simplemente puedes aspirar a aprender-aceptar vivir con ello anclado en ese sitio del corazón, lo suficientemente apartado como para que no te mortifique de dolor todos los dias del resto de tu vida, y lo suficientemnte cercano, como para no olvidar:"no quiero q te vayas, dolor, última forma de amar"...Siempre los imagino juntos, a Maria y a Papá, y cerca de ellos, a Chari y Paco, agarrados del brazo, sonriendo y paseando a su lado. Por alguna razón que sólo Dios sabe, ellas se fueron casi juntas; recuerdo las palabras de tu madre, por teléfono,mandándome cariño y ánimo; me sorprendió su serenidad. Fué ,creo, la última vez que hablé con ella.Quizás algo en ella intuía el reencuentro, ...
Los que quedamos debemos seguir con el Tiempo que nos ha sido dado ( como diría Gandalf),cada uno con nuestro papel, nuestro lugar en el Ciclo, nuestra "misión", en la felicidad y en el dolor, pero siempre, SEGUIR
Y, sin duda, recordar ese trance que a todos nos espera, que nos recuerda que "todo esto", nuestra vida, es una "larga excusa" para ponernos a prueba, y desempeñar cada uno lo que Dios nos pone en el argumento, lo mejor que podamos; y que todo esto, tiene su fin, o mejor, su "tránsito".
Porque, sin duda, es " un hasta luego"
Cris

Paco Principiante dijo...

Hola Cris,

desde luego esos años no fueron lo que se dice buenos. En tan poco tiempo no se puede asimilar tanta pérdida. Al final te acostumbras a sus ausencias, pero no asimilas, no digieres.

Me gusta saber que estás por este "hormiguero", y me gusta que dejes tu comentario (aunque me hayas dejado un nudo en la garganta).

Yo también recuerdo esa conversación de teléfono. Estaba al otro lado de la línea, junto a mi madre. La hora de la comida. Cuando colgó estuvimos un largo rato sin hablar. Me acuerdo. Claro que me acuerdo.

Bienvenida.